La pena de las relaciones de hoy no es que sean cortas, es que dejan tanto dolor que hacen que nuestro corazón se haga pequeño y pierda la fe. Que en lugar de lanzarnos con todo como cuando teníamos quince años miremos a lo extraño siempre alerta y con sospecha. «¿Me va a herir también?» «Lo que dice, ¿será verdad?».

Menuda paradoja que, a mayor edad, tengamos más miedos. ¿No iba esto de ser cada día más valientes? Aunque supongo que esta cobardía progresiva tiene su sentido: ¿cómo no temer si por cada seis meses de amor le vuelven nueve de desamor? Si, como decía Sabina, por cada 19 días, hemos de pasar 500 noches.

Algo debemos estar haciendo mal, y no sé si existe una sola solución, pero tengo la sospecha de que si aprendiéramos a amar de verdad no nos castigaríamos tanto cuando una relación termina. La miraríamos y le daríamos las gracias. La abrazaríamos. La cogeríamos con todo nuestro cariño y la guardaríamos en el álbum de fotos de la historia que poco a poco vamos haciendo. Y quedaría allí en un lugar especial, junto a todos los momentos bellos que terminaron también: aquel verano en el lago, la mejor cita del mundo, el partido en el que por fin fuimos campeones.

Y las noches de Sabina serían los días; y sus días las noches.

Y es que es fácil olvidar que la vida es una suma de «historias» en minúscula que forman parte de una «Historia» en mayúscula, donde lo más bonito que podemos hacer es darles un sentido a todas ellas para después mirarlas desde el final del camino y decir: «Esta fue mi vida y fue preciosa. Tuvo sonrisas y lágrimas. Tuvo logros y caídas. Fui afortunado y aunque a veces lo pensé, nunca le falto de nada y jamás le sobró nadie».

Qué regalo es decir «gracias» cuando puedes añadir «por TODO».

Fuente: EL universo de lo sencillo

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Me llamo Laura y soy “el alma” que se esconde detrás de esta página. Adicta al chocolate, nerviosa ,romántica, impulsiva y sensible todo en el mismo grado... Conoce más sobre mí

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