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Me he sentado a tomar un café conmigo misma frente al espejo y me descubrí alzándome la ceja como siempre, entonces me dije a mi misma que ya estuvo bueno de ser tan dura a veces y que deberíamos probar, simplemente, perdonarme… Me perdono por dejarme en último lugar infinidad de veces, me perdono por hacerme pedazos para completar a otros, me perdono por no tener tiempo para mí, me perdono por no hacerme caso y tropezar con el mismo obstáculo una y mil veces, me perdono por poner mi salud como un pendiente y no como una prioridad, me perdono por haber hablado de más, me perdono por haberme callado, me perdono por confundir resignación con tolerancia, me perdono no gastar en mí lo que sin reparo gasto en alguien más que a veces no lo merece, me perdono por mentirme, me perdono por no verme al espejo más seguido, me perdono por no ser más amable conmigo misma, me perdono por no tenerme paciencia ni tener constancia, me perdono por ser tan ruda cuando se trata de mí, me perdono no encajar en un molde, me perdono por no permitirme muchas cosas, me perdono por no disfrutar de otras tantas,

me perdono por no valorar los momentos que valen la pena y darme cuenta muy tarde… … Mi misma, me dije, debemos aprender a soltar, a dejar ir, a perdonar… Debemos hacer frente común contra el mundo que no está en nuestra contra, simplemente es el mundo y la gente es gente, con lo bueno y con lo malo, a veces solo estamos parados en el camino equivocado con alguien que viene a todo pulmón y nos arrasa sin miramientos… No hay explicaciones ni justificaciones… Es así, sucede… Mi misma, sabes, necesito tu apapacho, tu abrazo, tu complicidad, he aquí el trato… Menos reproches y más amor… Menos revivir el momento y más perdón… ¿Y si me perdono? Ampliamente y de verdad, sin echarme en cara después mi errores, sin pensar en un problema toda la noche, sin sentir un punzada con un recuerdo corrupto cruzándonos la mente… …¿Y si me perdono mis errores y pasado? Si, me perdono, si me acepto y me corrijo, si me acomodo las piezas si me reseteo la memoria y el corazón… ¡Sí me perdono!

Autor: Male Capetillo Cabrera

Basta ya de pronunciar tu nombre a otros como si tú fueses la octava maravilla.
Basta ya de llorarte cuando tú ni siquiera contestas mis llamadas,
que ya lo he dejado todo atrás,
que ya me he rendido hace tiempo,
que ya he quemado nuestras fotografías,
pero, joder,
a veces no puedo sacarte de mi cabeza.

Pero basta ya de echarte de menos,
de necesitarte en cada rincón al que voy,
en cada persona en la que te encuentro,
a veces recuerdo que tú no dabas nada
cuando yo te regalé hasta esas partes a las que me aferré
como si yo fuese un náufrago y tú la tabla
a la que me agarré,
y luego te llamé mi salvavidas.
Y tú seguías sin darte cuenta
que yo por ti mataba
a todos los dragones
que te tuvieran encarcelada.

Basta ya de odiarte en cada canción
porque las cosas no fueron como yo quería,
salieron doliendo las hijas de puta,
y eso era lo último que quería:
que te convirtieras en esa canción,
que uno escucha muchas veces,
y al final termina odiando.
Basta de hacerte un hueco en cada plan que trazo,
ya no quiero que seas mi plan A,
ni mi lado izquierdo de la cama,
ni la primera opción en la que piense
cuando
quiera
huir
lejos
de
mí.
Y me dé el peor de los portazos
al encontrarte con los brazos cruzados,
y no quieras abrírmelos nunca más.

Basta de ti,
basta de querer escuchar tu voz
entonando tu canción favorita
mientras me dices que soy tu verso favorito.

Basta,
vete,
toma estas partes,
son tuyas,
te pertenecen.
Pero no te quedes en mí.

Vuela, Amélie,
vuela alto
y lejos.
Ya otros horizontes te esperan,
ya otros lugares te hacen un hueco,
ya otras canciones hablan de ti,
ya otras manos quieren tocarte,
ya otras flores sueñan con que las cortes
y te las pongas en el pelo,
ya otros amaneceres sueñan con despertarte.

Espero que tengas un buen viaje
y una buena y extraordinaria vida,
que yo seguiré aquí,
justo donde dejé de ser yo
y me convertí un poquito tuyo.

Autor: Benjamín Griss

Pasan los días, los meses, los años y sigo sin desamorarme.

¿Qué es lo que me pasa?
Dejó ir oportunidades, cierro mi corazón para que no entre nadie solo por ti.
¿Y qué me das a cambio? Nada.
Me duele quererte y no poder hacer nada. Hasta llegué a pensar que te empezaba a gustar…¡Já, cómo me equivoqué! Mucha gente me decía y me dice, “ya fue, olvídalo”. Pero nadie sabe lo difícil que es para hacerlo. Es difícil olvidar tu voz, tu risa, tus chistes, tus miradas, tus sonrisas.
Y qué loco todo, porque no nos vemos mucho, pero me sigues gustando.
Casi todos los días le pido al universo que me ames y que todo sea como antes. Pero es difícil.
A veces me pregunto, ¿estaré haciendo algo mal?. Y no, nada que ver. El que está haciendo las cosas mal aquí eres tú.
Yo te amé y te amo de verdad, y eso no lo ves. Miras a chicas que no te dan ni la hora mientras yo te estoy esperando. ¡Estoy atrás tuyo! ¿No me ves?…. No, al parecer no.
Autor: Fátima
Fuente: Alternoamor.blogspot.com

Me desperté y la vi a ella arreglándose para ir a trabajar, pensé en decirle algo, pero cuando me di cuenta de que ella no me vio despierto decidí permanecer en silencio observando.
Concentrada ella miraba al espejo y concienzudamente cuidaba de cada detalle, el cabello, ojos, el tono de la piel y contornos, a veces ella se alejaba de su reflejo y como quién tanto ya hizo eso entendía detalles que solo una mujer puede entender.

Ella era hermosa como de costumbre, pero no tan increíble como cuando nos conocimos o incluso cuando ella se vestía para salir todos juntos. Me quedé allí, pensando en todo el tiempo que se toma para permanecer irresistible y cuánto tiempo le tomó para hermosear cada vez que me iba a encontrar.
Me quedé pensando también en cuántas veces me olvidé de decirle lo mucho que ella estaba maravillosa. Esa mañana fingí estar dormido y cuando ella se acercó para darme un beso de despedida me la tiré de sorpresa para mi lado de la cama, miré en sus ojos que parecían no entender nada y le dije: ‘ Lo siento cuando me olvido de decirte que eres La mujer más hermosa del mundo. Tengo la suerte de que me escogiera ‘. Ella sólo sonrió, con la misma sonrisa increíble de siempre y que yo hace tanto tiempo no valoraba por la maldita costumbre.
Esa mañana que salió para ir a trabajar yo sentí una gran nostalgia de ella, una nostalgia que hace tiempo no sentía. Realmente me di cuenta de la suerte que tenía por tenerla a ella a mi lado y la suerte que tuve por entender eso sin necesidad de perderla.

Autor: Antonela Sambito

Fuente: Alternoamor.blogspot.com
¿Cómo hacer para no darle a alguien el poder de hacerte sentir mal? ¿Cómo conseguir que lo que diga o haga otra persona no te afecte? ¿Cómo se hace para que el comportamiento de los demás no altere tu estado de ánimo?
Si a ti te pasa lo primero que necesitas saber es que nadie puede hacerte sentir mal si tú no le dejas. Es decir, que no te hace sentir mal quien quiere, sino quien puede. Y ese poder sólo puedes dárselo tú.
Así es, nadie tiene el poder de alterarte. Tú eliges siempre cómo respondes ante alguien y si quieres enfadarte, disgustarte, mantener la calma o pasar. Y, como ya sabrás, que te sientas mal nunca va a solucionar nada. Lo único que hace es amargarte la vida.
En cambio elegir cómo quieres sentirte (tranquila, indiferente, segura o lo que sea), independientemente de lo que hagan o digan los demás, es el mejor regalo que te puedes hacer y una fuente inagotable de paz interior.
Lo segundo que necesitas saber es que nadie tiene derecho a hacerte sentir mal. ¡Nadie! Ni tu padre, ni tu madre, ni tu jefe, ni tu pareja, ni un compañero de trabajo… ¡nadie! Y da igual lo que esa persona considere que has hecho mal o lo que crea que tendrías que haber hecho diferente.
Dicho esto, hay varias cosas que puedes dar para dejar de sentirte mal por el comportamiento de los demás. Y son éstas:
Valorarte como te mereces.
Que otra persona tenga el poder de hacerte sentir mal es señal de una falta de autoestima. Porque si tú te quieres, te respetas y te valoras, no dejarás que otra persona influya en ti y te haga sentir lo que no quieres.
Dale la importancia que se merece a tu opinión, a tus sentimientos y a tu forma de ser y no dejes que nadie te haga dudar de ti. Tienes derecho a que los demás te traten con respeto y también tienes derecho a decirlo cuando no lo has sentido así.
Dejar de tomártelo como algo personal.
Lo que haga esa persona es suyo y no va contigo. Por ejemplo, si alguien se enfada y te grita eso es suyo. Es su problema y no tiene nada que ver con cómo tu eres o te comportas.
O si alguien es muy susceptible y salta por todo también es suyo. Tal vez porque necesita reconocimiento.
O si alguien necesita quedar por encima y tener siempre la razón también es suyo. Tal vez sea su inseguridad, su sentimiento de inferioridad o su rabia con el mundo… Lo importante es que es suyo, no tuyo.
Darnos cuenta de las necesidades que se esconden detrás de los comportamientos que no nos gustan también es una manera de entender que lo que le pasa a esa persona no es nuestro, sino suyo.
Es decir, deja de pensar que el otro ha hecho eso por ti, que tiene algo contra ti y que lo hace para fastidiarte o para hacerte daño. Porque interpretar eso alimenta tu malestar e ignora todos los motivos que puede tener esa persona para comportarse así.
Date cuenta de que es sólo su opinión
Que otro diga algo no significa que tenga razón. Diga lo que diga de ti, es sólo su opinión. No la verdad. Esa persona tiene derecho a opinar eso, lo mismo que tú tienes derecho a recordarle que él puede opinar eso y tú puedes opinar otra cosa diferente.
Antes, cuando alguien decía algo que me hacía sentir mal, lo conseguía porque yo le daba más valor a su palabra que a lo que yo pensara. Si me decía que no sabía hacer las cosas, yo le creía y me sentía mal por no saber hacer las cosas. Sin darme cuenta de que no hacer las cosas como las haría esa persona no significa que no sepa hacerlas. Simplemente las hago diferente.
Es decir, no te sientes mal por lo que otro hace o dice, sino por lo que tú te dices respecto a eso.
Y si alguien no te contesta a un wasap no significa que seas una pesada. Lo mismo que si alguien te hace una crítica no significa que tenga razón.
Así que nunca más vuelvas a culparte por lo que ha pasado, a pensar que te lo mereces o que es porque tú hiciste algo mal.
No cambies lo que no quieres cambiar
Cuando los demás te hacen sentir mal y quieres que eso deje de pasar terminas haciendo lo que sea para obtener su reconocimiento y que te aprueben. Y te conviertes en quien no eres con tal de conseguirlo.
En ese caso, los demás no sólo tienen poder en tus sentimientos sino también en tu comportamiento.
Nada que ver con aquel maestro que cada día iba a comprar la prensa al mismo kiosco a pesar de que el kiosquero le trataba fatal. “No sé cómo le aguantas y sigues yendo todos los días”, le comentó un día un amigo. “¿Y va a decidir el kiosquero dónde compro yo el periódico?”, contestó el maestro.
Pues eso. Decide tú y no dejes que otros decidan por ti.
Y, a la vez, cambia lo que no te sirve
Cuando te metes en esa espiral de pensar que siempre que veas a X persona va a decir o va a hacer algo que te va a hacer sentir mal, sin darte cuenta eso afecta a tu comportamiento y a lo que esa persona percibe en ti. Es como un depredador que huele el miedo en ti y ataca. Y eso es justo lo que le da poder: darse cuenta de que le tienes miedo.
Así que imagínate que esa persona es alguien que te agrada y con quien te gusta relacionarte. ¿Ya tienes a alguien en mente? ¿Cuál sería tu actitud con esa persona que te gusta? ¿Cómo le hablarías? ¿Sonreirías? Seguramente sí. Pues de eso se trata. De que, aunque al principio te cueste o incluso te parezca imposible, seas capaz de relacionarte con alguien que te hace sentir mal como si te agradara. Te aseguro que le va a descolocar ;-). Y, una vez más, la mejor manera de que el otro cambie es que cambies tú.
Acepta a los demás como son.
Aceptar es dejar de luchar contra eso que te irrita. Es entender que esa persona no tiene por qué comportarse o expresarse como tú lo harías. O que sus valores y sus reglas no tienen por qué ser los tuyos. O que ella no tiene que cambiar para que tú cambies.
Puede que pienses que tienes derecho a ofenderte por el comportamiento de alguien, pero eso sólo pasa porque crees que las cosas tienen que hacerse como tú las harías. Y no, no es así. Yo también pensaba que alguien no tenía por qué gritarme, pero eso es lo que yo no haría. Y el otro no es yo, ni yo soy el otro.
Así que déjale ser como quiera ser y decide cómo quieres ser y sentirte tú cuando estés cerca.
Distánciate de las personas tóxicas
Y, si decides que no quieres estar cerca, toma distancia. Porque tienes derecho a decidir quién quieres que forme parte de tu vida. Céntrate en las personas que te agradan y te hacen sentir bien y aléjate todo lo que puedas de las otras.
Y si hay alguien de quien no puedes alejarte físicamente, siempre puedes tomar distancia emocional y afectiva. Por ejemplo, dejando de contarle lo que sabes que no va a apreciar.

 

Nunca olvides que da igual cómo alguien te trate. Da igual que te lance veneno. Da igual que escupa fuego por su boca… Tú decides si te envenenas. Tú decides si te quemas. Si no lo haces, si no lo coges, el veneno volverá a él.
Fuente: MV Blog

No eran novios, no iban a serlo nunca, no por falta de ganas si no por falta de interés. Se veían a ratos, eran felices en algunos momentos puntuales, Uno de ellos solía ser los fines de semana, cuando la veía en alguna fiesta, y casi siempre a las 5 o 6 de la mañana. Buscaban el calor, la pasión, no buscaban amor, ni relación estable, al menos uno de ellos.
Él era libre, como el viento, como los pájaros, volaba de un lado a otro y de vez en cuando necesita posarse en algún sitio. A veces buscaba otro calor, otra cama y otras sábanas que no fuera las de ella. Ella era diferente, no necesitaba a nadie más, solo lo necesita a él, le daba igual cuánto durara el amor entre ellos, porque ella se agarro a que el significado de la palabra amor no llegaba a nada más de lo que ellos dos tenían. Ni más ni menos, ratos de pasión y quizás alguna que otra noche completa, pero a la mañana volvía la pesadilla, los mensajes a destiempo, o incluso mensaje sin responder.

Ella se enfada, pero lo hacía con ella misma, le volvía a decir que no la volviera a molestar, que si esa era su manera de querer, que no la quisiera. En realidad era mentira, ella deseaba que su móvil volviera a sonar, aunque fuera a las 5 de la mañana. Quiso pensar que no había otra manera de querer. La cosa seguía, pasaban los meses y entre ellos no cambiaba nada, él era de muchas, ella solo de uno. Le encantaba pasar noches a su lado, lo miraba mientras él dormía, no se explicaba como lo podía querer tanto. Ella sabía que él la quería, pero ese amor loco ella no lo soportaba. Pensó que sería mejor terminar toda esta aventura que la tenía loca, esta vez de verdad. Él le dijo hasta luego y le dio un beso en los labios, como siempre, pero ella sabia que no era un hasta luego, esta vez seria un adiós definitivo, fijo sus ojos en él, lo miró y lo observó hasta que él cerro la puerta. A ella se le derramo una lágrima y entre dientes dijo: ” Esta vez sí. Te voy a querer siempre..” Llegaron los mensajes de nuevo a las 5 de la mañana, esta vez no había contestación. Comenzaron llamadas y mensajes durante días, seguía sin contestación, incluso llegaron los bloqueos a todo tipo de red social. Pasaron días, incluso varios meses, hasta que se encontraron. Ella temblaba, a él por primera vez se le hizo un nudo en el estómago, la había perdido y esta vez para siempre. Ella le había dado sentido a su vida con amor de verdad. Encontró a quien la sabía cuidar, la sabía querer. Ella no iba a querer nunca más a alguien como lo había querido a él, pero eso es lo que necesitaba en su vida, un amor tranquilo y verdadero y no volver a querer a nadie como lo quiso a él. El sentido de amor de esa relación jamas podría ser sano. Pasaron los meses y él seguía igual, pero ahora era diferente, porque en todas las mujeres la buscaba a ella, y no la encontraba, se sentía vacío. Se maldijo mil veces por no haber sabido apreciar el amor que ella siempre había sentido hacia él durante años. Caían lágrimas de sus ojos, no se lo podía creer, lloraba por una mujer, lloraba por amor, lloraba por ella. Cogió su móvil, trago saliva y le mando un último mensaje: ” Te echo de menos, y te necesito a mi lado ahora y siempre, nunca pensé que yo dijera esto, pero no soy feliz sin ti a mi lado. Te debí querer menos y quererte mejor, siempre te voy a estar esperando, pequeña..” Y una vez más, no hubo contestación

A veces la vida de la mujer es dura, y hay amores que matan; se aferran a hombres que no les convienen, por temor a quedar solas, por miedo a no poder afrontar las responsabilidades de la vida por nosotras mismas. Sí, hay amores que les destrozan, pero que no son capaces de dejar de lado. Tenemos que aprender a amar con medida, tanto nos aman, tanto amor entregamos. Es necesario aprender a respetarnos como personas y mujeres. El día que aprendan a hacerlo, esta historia no nos podrá ocurrir.

Autora: Pía Fedeli
Fuente: Alternoamor.blogspot.com
Si, ahora me atrevo a decir que no me da “vergüenza” decir No; cuando todos esperaban que dijera Sí.
Cuando me retiro de un lugar porque no es afín con mi energía.
Cuando le digo a las personas que en tu metro cuadrado puedes hacer lo que se te antoje, pero en el mío No.
Cuando me preguntan tú me amas y con sinceridad digo No.
Cuando no acepto imposiciones de creencias o presión de grupos o imposición de miedos, dolor y sufrimiento y digo No.
No me da vergüenza cuando me acepto como Soy, me visto como quiero, como lo que quiero y voy donde quiero y con quien quiero.
No me da vergüenza llevar mi cabello como quiero.
Cuando escribo lo que siento y lo que quiero.
Cuando recojo las frutas que generosamente los árboles nos entregan.
No, ya nada me da vergüenza…
Aprendí que si no te gusta como soy, lo que hago, y el sitio donde estoy entonces te dejo ir con amor y respeto y no me da vergüenza decirte qué “La puerta de mi Corazón esta Abierta para quién “Pueda” entrar y está lista para quién quiera “Salir”
Y sí; Soy una Sinvergüenza…
Fuente: ABUELA AM TOKAT
Las personas entran en tu vida por una razón,
por una estación o por una vida entera.
Cuando percibas el motivo,
vas a saber que hacer con cada persona.
Cuando alguien está en tu vida por una razón
es generalmente, para llenar una necesidad
que has demostrado tener…
ellas vienen para ayudarte
con una dificultad,
proporcionan apoyo y orientación,
ayuda física, emocional o espiritual.
Podrán parecer un regalo de
Dios… y lo son!!
Entonces sin ninguna actitud
errónea de tu parte
o en una hora incierta, esa
persona dirá o hará
alguna cosa para que la relación
llegue a su fin.
Algunas veces, esas
personas… mueren.
Algunas veces, simplemente…
se van.
Algunas veces actúan y te fuerzan
a tomar una posición…
Lo que debemos entender es que nuestras necesidades
han sido atendidas,
nuestros deseos cumplidos
y el trabajo de ellos hecho.
Y ahora, es tiempo de marcharse.
Cuando las personas entran en
nuestras vidas por una estación:
… es porque llegó a su vez de repartir,
crecer y aprender.
Ellas te traen la experiencia de
la paz o te hacen reír.
Ellas te podrán enseñar algo
que nunca has hecho.
Ellas, generalmente, dan una
enorme cantidad de placer…
Créeme!! Es REAL!!!
Pero, solamente por una
estación.
Relaciones de una vida entera…
Enseñan lecciones para toda la vida.
Cosas que debes construir para
tener una formación emocional
sólida.
Tu tarea es aceptar la lección,
amar a la persona
y poner en práctica lo que has
aprendido en todas tus otras relaciones
y áreas de tu vida.
Fuente: BRIAN A. (DREW) CHALKER

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A todos nos abandonaron un día. Y cuando digo abandonar, no me refiero sólo a un acto extraordinario.
Traumático. No. Es más simple. Pero duele igual.
A todos nos abandonaron en el medio de un quilombo.
En el inicio de un proyecto.
En el placer del logro cumplido.
En el momento menos pensado.
En el momento más esperado.
A veces pasa, que te das vuelta y no tenés quien te junte los mocos, quien te dé la palmada en la espalda, quien te guiñe el ojo cuando algo te salió bien y quien te limpie las rodillas cuando te fuiste al pasto.
Todos sabemos de la soledad que se siente cuando nos sentimos solos.
Porque todos fuimos abandonados un día.
Y entonces, encontramos un secreto tristísimo, un acto paliativo, para tapar ese pozo.
Vemos gente que se come la angustia tragándose un paquete de cigarrillos,
el otro que corre y corre como un loco a ver si el viento en la cara le vuela ese agujero en el pecho.
Personas que se comen las uñas junto con los nervios y la ansiedad paralizante.
Paquetes de galletitas que van a parar a la boca sin noción de que lo que se intenta matar, no es el hambre.
O por lo menos , no ese.
Pibes que se perforan la nariz y las venas, con alguna que otra cosa que lo pase a otra realidad por un par de horas.
El otro se pone a jugar lo que no tiene.
Vos comprarás compulsivamente cosas que no necesitás, para sentirte un poco vivo por un instante.
Y yo me quedaré mirando una película, que me habilita disimuladamente a llorar mirando afuera, lo que no tengo ganas de mirar adentro.
Es que somos tan jodidos con nosotros mismos que cuando peor estamos, es cuando más nos castigamos.
Porque todo eso que te comés, te come a vos.
Te pone peor.
Te suma al abandono, la culpa de hacer algo que sabés que no es genuino.
Que no es lo que querés.
No comés así por hambre.
No corrés por deporte, cuando te estás rajando de vos.
No te intoxicás por placer.
No te acostás con esa mina por amor.
Tapás.
Escondés.
Tirás abajo de la alfombra.
Cerrás los ojos.
Te ponés un bozal y un par de auriculares para no escuchar tu corazón.
Date cuenta.
Te estás comiendo a vos.
Y quizá, el secreto esté en frenar.
En sentir.
En recordar, que en ese abandono lo que te falta, es lo que tenés que buscar.
Amor.
Quizá sea hora de pedir ese abrazo.
De acostarte en las rodillas de tu mamá.
De poner la pava y llamar diciendo, sí, te juro que te necesito.
Es ahora. Después no. Ahora.
Andá a esa casa. Hablá con quién te escucha. Llorá. Gritá.
Decí. Vomitá. Pedí. Da.
Ahora.
Hacer malabares, en medio del despelote, no tiene más que un resultado despelotado. Resultado que no va a curar la herida que te sangra, porque le estás metiendo una curita.
Y las curitas no curan.
Las curitas tapan.
Y vos sabés muy bien que el dolor tapado no es dolor sanado.
Pará un poquito. Mirá en el espejo de tu alma. Frená.
Mirá lo que te falta y salí a buscarlo en dónde creas que lo puedas encontrar. De verdad.
No revolotees como mosca en platos vacíos.
Pedí lo que necesitás si ves que solo no podés.
Porque no hay peor abandono que el que se hace a uno mismo. Con eso no se juega. No tenés derecho.
Fuente: Lorena Pronsky
Uno tiene que curarse primero.
Te andan obligando a disfrutar el momento,
a soltar lo que te hace mal, a dejarte fluir con las circunstancias
y a entregarle todo al Universo para que suceda lo que convenga.
Uno primero tiene que curarse.
Dejen de mentirle a la gente rota
que todos sabemos que a nadie deja de sangrarle la herida
por poner las patas en el agua y acariciar al perro
mientras se les agradece la existencia a las tostadas
que comemos todas las mañanas.
La gente pide magia para que no duela y entonces se lo cree,
y después los ves por ahí sintiendo culpa por no tener los “huevos necesarios”
para salir a bailar y reírse a carcajadas
mientras acaba de enterrar en el medio del pecho al amor de su vida.
Termínenla.
La gente rota guarda pedazos de vida que necesita sanar.
Necesitan abrazos que se acomoden como mantas
capaces de apretarles bien los cuerpos hasta que dejen de supurar.
Tienen que dejar de supurar. Tienen que sanar.
Están lastimados, no son boludos.
No necesitan escuchar lo que hace rato están tratando de hacer y no pueden.
A veces no se puede viejo, no se puede. Es que la vida a veces duele. Duele.
La pérdidas, los desengaños, los desencuentros, los abandonos, las decepciones, los sueños frustrados, las promesas incumplidas… Duele.
Todo eso duele.
Entonces antes de meter las patas en el agua
y sacarse una selfie acariciando al perro, tienen que sanar.
Y para sanar hay que saber frenar.
Mirar lo que nos sacudió el cuerpo y el bocho y frenar.
Frenar para ver, para entender, para reconstruir
y también muchas veces para terminar de destruir.
Paren con esas boludeces de que el que no se anima no es valiente,
agitando esa pseudo libertad que se supone hay que poner en marcha
porque mañana puede ser que se termine el cuento.
Dejen de molestar a la gente que está haciendo su duelo,
que se está encontrando con su pena, con su soledad y sus vacíos.
Respeten. No sean mentirosos.
Todos sabemos que a veces simplemente no se puede.
No se puede. Esa gente se está sanando.
Se está enfrentando a sus fantasmas y a sus tormentas
porque para poder salir a bailar con la música a todo lo que da,
primero hay que saber curarse. Eso es la vida.
Asumirlo es el paso necesario para poder pararse
cuando se pueda y como se pueda.
No apuren a la gente. Dejen que se curen, carajo. Y después quizá sí.
Con menos dolor, con la herida ya sanada y con el cuerpo más liviano,
que pongan las patas donde las quieran poner,
que cumplan esa cuenta pendiente por hacer,
que llamen a quien tengan que llamar,
perdonar a quien no pudieron perdonar
y que si se les canta el culo le agradezcan al Universo
y a las tostadas por todo lo que les da.
Pero dejen que la gente se sane .
Dejen que se curen, carajo.
Fuente: LORENA PRONSKY