La semana no había ido demasiado bien. A veces las expectativas se nos clavan como pequeños puñales. Es lo malo de esperar cosas que nunca llegan. A veces no entiendes nada y no sabes cómo entenderlo, como si de repente alguien te hubiera cambiado las normas y tú estuvieras infringiéndolas sin saberlo. A veces todo va demasiado bien y cae tormenta. A veces sentado en  la puerta, a veces a kilómetros de su cabeza. Así se sentía ella. Como si de repente, en esa partida que nos divertía tanto, alguien hubiera decidido cambiar las reglas sin avisar. Y ella seguía jugando como siempre pero supongo, que con las nuevas reglas, estaba buscando la meta por el camino equivocado.

 

Sentada en aquella cafetería de siempre con el pelo recogido en un moño bajo, unos vaqueros pitillos, zapatillas y un top lencero sin sujetador. La cabeza posiblemente a cien kilómetros, incluso más. Supongo que la cabeza a la misma distancia que la luna. Perdida en un mar de dudas, en el que se ha visto envuelta. Ella lo tenía claro, pero supongo que a veces juegas la partida con la baraja equivocada. Supongo que aquel día, era el día de ser racional y decidir: ¿cuándo decir adiós?
La vida a veces nos pone a la misma distancia de un hola, que de un adiós. A la misma distancia de una boca que de una mano que se despide. A la misma distancia de una historia más o una historia que se acaba. A la misma distancia de huir que de quedarte. Porque, ¿cuándo sabes que ha llegado ese momento? ¿cuándo aceptas que debes rendirte? ¿cuándo llegas a ese punto en el que debes decidir si seguir mirando hacia atrás o ser capaz de mirar hacia delante? O mucho peor, ¿cómo sabes si quieren decirte adiós?
Tomé la decisión de no ser un puzzle inconcluso que cada vez que alguien quería armarlo, yo decidía esconder piezas. Me empecé a negar a los juegos absurdos de cuando éramos quinceañeros y teníamos la boca cosida por dignidad. Me di cuenta de que la vida seguía y era absurdo ir cargando la mochila sino era capaz de compartirla. Dejé de pulir la técnica de la espera y me armé de coraje para hacerlo todo más fácil. ¿Para qué complicar una vida que ya de por si se nos hace cuesta arriba? Así que eso hice, intentar que todo fuera más fácil.

Pero a veces todo se complica, sin más. Sin tu elegirlo, alguien te cambia las normas del juego y ni siquiera te avisa. Y ahí estás tú sentada esperando entre una espada y una pared, pensado si intentarlo una vez más o rendirte para siempre. ¿Cuándo aceptar que debes rendirte?

A veces hay que decir adiós.
Aunque quieras decir hola.
Porque intentarlo una vez más,
es un tiro a bocajarro.
Pues eso: hola.
Fuente: Nosoytuestilo.com

COMPÁRTELO CON TUS AMIGOS:

Quizás te interese:

Author

Me llamo Laura y soy “el alma” que se esconde detrás de esta página. Adicta al chocolate, nerviosa ,romántica, impulsiva y sensible todo en el mismo grado... Conoce más sobre mí

Write A Comment