Premisa número uno de las relaciones: para que dos personas estén juntas, las dos tienen que querer estar juntas.

Obvio, ¿verdad? Mmmm, ya.

Te lo voy a decir yo porque veo que tú no te lo dices: no puedes decidir que alguien te quiera.

Puedes ser más amable, cariñoso, atractivo, detallista, interesante… ¡lo que quieras! Y está bien, pues aumenta tus “posibilidades” y, lo que es más importante, te hace mejor persona, pero a la hora de la verdad, no eres nadie para decidir que quieran estar contigo.

De hecho, no deberías intentarlo siquiera.

Porque intentarlo es dejar de hacer las cosas “porque” y empezar a hacerlas “para”. Es cambiar un “crezco porque creo en mejorar” por un “crezco para gustarte”.

Si has caído en eso, te has perdido. Vuelve.

Tú no tienes que gustar a nadie. No tienes que ganarte el amor de nadie. Como tampoco nadie tiene la obligación de quererte o desear lo mismo que tú. Lo siento. “¿Entonces?”, dirás. Pues bien, lo que tienes que hacer es elegir mejor.

Y es que el amor de dos no es un casting, sino una conexión. Una coincidencia de dos miradas que, sin saberlo anteriormente, observaban la vida desde el mismo lugar.

Una energía que fluye sin más, donde el desafío no es crearla, sino evitar por todo medio destruirla.

El amor no se fuerza. Que te quieran no se consigue. Ni se gana. Y, por supuesto, no se mendiga.

Si alguien tiene otros gustos, te aguantas. A mí no me gusta el brócoli.

No lo juzgues. No lo critiques. No esperes lo que no puedes esperar.

Aparta el victimismo y acude a tu responsabilidad: aquella que empieza por amarse y que sigue por rodearnos de quienes nos aman de verdad.

—–Fuente: El universo de lo sencillo

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Me llamo Laura y soy “el alma” que se esconde detrás de esta página. Adicta al chocolate, nerviosa ,romántica, impulsiva y sensible todo en el mismo grado... Conoce más sobre mí

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