Desde que somos niños nos enseñan que vivir significa estar cerca de los que te aman, que la familia es tu lugar seguro y que en un futuro cuando estés listo, vas a encontrar a alguien con quien compartir tu tiempo. Tu vida.

A las mujeres nos lo inculcan de una manera más intensa, nos educan para amar de manera incondicional y desenfrenada, para esperar ese día que llegue aquel o aquella que merezca nuestro corazón, tiempo y amor incondicional.

Pero poco nos hablan de la otra opción, esa donde elegimos la soledad como compañera de vida. Algo que merece especulaciones de todo tipo, abanderadas por la densa etiqueta de solterona.

Cuando yo iba creciendo mis tías solían ser mujeres muy ‘solas’; viajaban entre ellas, con sus primas, con nosotras sus sobrinas y si algo me quedó grabado de esos días, es las muchas veces que les cuestionaron su soltería.

Con el paso del tiempo, parecía que a mis tías ya no les encantaba su soltería, quizá porque los cuestionamientos de sus decisiones de vida eran todo un tema de conversación en fiestas familiares, o por que cuando todos se iban ellas se quedaban ahí, solas, entre vasos vacíos y ceniceros sucios diría Cortázar.

Pero con el tiempo aprendí que no era la soledad lo que les pesaba, sino la molesta comparación que todos hacían entre ellas y las otras mujeres; las que sí eligieron una vida en pareja.

Para los incautos, una vida en pareja significa una compañía constante donde no cabe la soledad. La realidad es que las personas se pueden sentir infinitamente solas aún y cuando duermen acompañadas.

La soledad pesa y mucho, tanto que para no cargarla podríamos soportarlo todo.

Cumplir la finalidad de no quedarnos solos puede venir acompañada de miseria. Cuántas vemos hemos escuchado la misma historia de amor, esa que se acabó pero que persiste por el miedo a la soledad.

También he escuchado de aquellos a los que la costumbre les robó el espíritu, pero…cualquier cosa es mejor que quedarse solo. Nadie quiere quedarse solo.

El miedo a quedarnos solos podría ser también eso que nos condene a una soledad, no física, pero si del alma.

No deberíamos temerle a la soledad, al contrario, debemos aprender a abrazarla y considerarla una opción, una opción que nos libere de la pesada carga de estar o vivir con alguien que no queremos más.

Suena bastante irónico que nos pese tanto quedarnos solos, sobretodo cuando ya nos hemos abandonado a nosotros mismos.

Fuente: https://www.actitudfem.com/

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Me llamo Laura y soy “el alma” que se esconde detrás de esta página. Adicta al chocolate, nerviosa ,romántica, impulsiva y sensible todo en el mismo grado... Conoce más sobre mí

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