Cuando paseas por la ciudad de noche te das cuenta de cosas que de día ni siquiera sabías que existían. Vivimos en la dualidad de dos mundos completamente ajenos y opuestos. La tranquilidad de la oscuridad está reñida con el bullicio de la luz. Y es en ese paseo de verano con olor a Jazmín y a bellos, felices y a la vez tristes recuerdos, cuando piensas en la fragilidad de la vida, del equilibrio entre ser, estar y dejar que todo pase. Ese equilibrio que depende de tantas cosas con las que no contamos y que no controlamos, que el simple hecho de estar vivos ya parece completamente improbable.
En esa vida, en ese vivir y en ese pasar del tiempo, hay personas, momentos, lugares y hechos que nos marcan o que queremos que vayan con nosotros el resto de nuestra vida. A veces nos echamos de menos a nosotros mismos, o por lo menos la persona que éramos cuando teníamos esos sueños. Más jóvenes, más inocentes y menos realistas.
El realismo, ese cruel espejo de realidad que puede ser letal si no sabes cómo controlarlo.
mendigar
Y qué nos queda.
Nos queda el amor.
El amor por lo nuestro.
El amor por las personas que han estado yendo y viniendo en nuestra vida. Y amor por los que se han quedado todo este tiempo.
Amor por nuestros animales, que se convierten en familia.
Esa familia que no es de sangre.

Ese lugar.

Que sería de la vida sin poder compartir con todas esas personas lo que nos pasa, lo que no nos pasa o lo que nos deja de pasar. Vivir es compartir y la vida sin amor es solo pesar. Y pasar.
Aferrarse a aquello que nos hace vivir. Esa droga que ni el más fuerte de los fármacos puede paliar. Mono de querer. Y querer hasta morir.
Texto: Maria

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Me llamo Laura y soy “el alma” que se esconde detrás de esta página. Adicta al chocolate, nerviosa ,romántica, impulsiva y sensible todo en el mismo grado... Conoce más sobre mí

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